Mapas en Historia National Geographic nº63

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Mapas publicados en "Historia National Geographic" nº63  
   

 

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ara el número 63 de Marzo de 2009 de "Historia National Geographic", EOSGIS realizó dos mapas:
    • El Nacimiento de Grecia
    • Chichén Itzá: La capital sagrada de los Mayas
El nacimiento de Grecia: la invasión doria

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Tras el final del mundo micénico, hacia 1200 a.C., Grecia se adentró en la Edad Oscura, época en la que tuvieron lugar cambios culturales decisivos atribuidos a la invasión de un pueblo del norte: los dorios. Pero hoy en día los estudiosos dudan de que tal invasión se hubiera producido.


Guerras, hambres y revueltas destruyeron en torno a 1200 a.C. la espléndida civilización micénica. Sobre sus ruinas surgió un nuevo mundo que preparó el apogeo de la Grecia clásica. Los griegos de la llamada «Edad Oscura» nunca olvidaron el brillo del mundo que había desaparecido con la gran destrucción, entre los siglos XIII y XII a.C., cuando fueron devastadas las ciudadelas de Tirinto, Pilos y la propia Micenas. Rememoraban la época micénica como un pasado glorioso, un tiempo de empresas extraordinarias y semidioses magnánimos; el símbolo de ese esplendor era el bronce, el metal de las armas que blandían los campeones micénicos. Así se refleja en el mito de las edades, que refiere Hesíodo en ‘Trabajos y días’, obra compuesta a finales del siglo VIII a.C. En la actualidad muchos historiadores consideran que la causa principal del hundimiento fue interna: el lento y fatal declive de las ciudades, a pesar de sus fuertes muros, una época de hambrunas y tal vez alguna epidemia de peste. Es indudable, en efecto, que plagas, sequía y guerras marcaron la agonía de la sociedad micénica. Los relatos sobre la guerra de Troya y el asedio de Tebas se vinculan a una época de crisis que vio el derrumbe de los espléndidos palacios en los que se basaba el mundo micénico. Los historiadores griegos de la época clásica, como Heródoto y Tucídides, atribuyeron la destrucción del mundo micénico a una invasión violenta, la de los dorios. Según esta versión tradicional, los dorios eran un conjunto de belicosas tribus procedentes de zonas nórdicas y hablantes de un dialecto griego, que en el siglo XII a.C. conquistaron las ciudades y las ciudadelas fortificadas de los aqueos o micénicos. Los historiadores actuales creen que los dorios no llegaron como conquistadores, sino como inmigrantes pacíficos que colonizaron el territorio de forma paulatina. Lo que es seguro es que los invasores dorios no tenían grandes reyes, ni construían palacios, ni poseían cortes con funcionarios, impuestos y tributos. Tampoco practicaban el comercio marítimo. Eran gentes rudas que labraron sus tierras, cuidaron sus rebaños y establecieron nuevos núcleos de población. Desde el siglo X a.C., sucesivas oleadas de emigrantes hicieron de la costa de Asia Menor un país griego, el más próspero y culturalmente avanzado del mundo helénico. Mitos como el de la guerra de Troya evocaban para los hombres de la Edad Oscura un pasado heroico y trágico, en contraste con la mísera y vulgar Edad de Hierro en la que vivían. En definitiva, en la Edad Oscura se forjó el principio de una comunidad política realizada con éxito en muchas ciudades autónomas y pujantes, abiertas al intercambio y ansiosas de renombre, que fueron cobrando prosperidad en la época arcaica.


 

 

 

 

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Chichén Itzá, la capital sagrada de los mayas

Con la llegada de los belicosos toltecas, procedentes del altiplano mexicano, empezó la época más gloriosa de Chichén Itzá, una de las más importantes ciudades mayas del Yucatán. Construida junto a un gran cenote o pozo sagrado, su esplendor perduró hasta el siglo XII.


Su gran pirámide y sus espléndidos templos evocan el pasado de una ciudad maya que vivió su máximo esplendor a partir del siglo X, bajo el dominio de unos invasores llegados del altiplano mexicano: los toltecas. Chichén Itzá, al norte de la península de Yucatán, es una de las más extensas y grandiosas ciudades de la antigua civilización maya. Fue el gran poder político desde el hundimiento de la cultura clásica maya del Petén en Guatemala, en los siglos IX y X, hasta mediados o finales del siglo XIII. Durante ese período mantuvo la fama de lugar sagrado, en torno a un cenote o pozo natural en el que se realizaban sacrificios y ofrendas. Chichén Itzá conoció, a partir del siglo X, un período de esplendor, asociado a la llegada de un nuevo pueblo invasor: los toltecas. Los mitos mesoamericanos explican cómo llegó a Yucatán el rey-dios Kukulcán conduciendo a su pueblo, que provenía de la ciudad totleca de Tula (en el actual estado mexicano de Hidalgo), y que «regresaba» a su hogar ancestral. Kukulcán, la serpiente emplumada, llamada Quetzalcóatl en náhuatl (la lengua del altiplano mexicano), era la divinidad a la que se rendía culto preferente en Chichén Itzá. Los toltecas de Tula –ciudad situada a 1.000 kilómetros de distancia, en un medio totalmente distinto al de la selva yucateca- emigraron a Chichén Itzá porque les unía algún nexo especial con esa urbe. Lo mismo que sucedió entre griegos y romanos ocurrió entre mayas y toltecas: estos últimos habían conquistado Chichén Itzá, pero fueron a su vez seducidos por la cultura de los vencidos. La ciudad maya-tolteca fue un ejemplo de convivencia entre dos sociedades muy diferentes. Chichén Itzá encarnó el principal poder de las llanuras septentrionales de Yucatán gracias a esa fusión. Todo ello encontró reflejo en el urbanismo, la arquitectura y el arte de la ciudad. Como las demás ciudades mayas, Chichén Itzá estaba habitada por gentes pertenecientes a los estratos más elevados de la sociedad. Cuando los toltecas se hicieron con el control de la urbe aumentó notablemente el número de guerreros; de hecho, era la clase militar la que ejercía las tareas de gobierno a través de asambleas dirigidas por caudillos o capitanes de guerra. Pero Chichén Itzá era ante todo un centro religioso. Varios lugares desempeñaban importantes funciones de culto, como el cenote sagrado, que estaba ligado a ceremonias de sacrificios humanos. Muchachas y niños eran sacrificados arrojándolos al cenote sagrado de Chichén Itzá para que sirvieran de intermediarios entre los hombres y los dioses. Una calzada o ‘sacbé’ de unos 300 metros de longitud une el cenote sagrado con la gran plaza que articula el llamado sector tolteca de Chichén Itzá. En el centro de la plaza se localiza la pirámide de Kukulcán tiene nueve niveles ascendentes, que simbolizan los nueve niveles del inframundo, y 365 escalones, como los días del año solar ‘haab’. En el siglo XIII, Chichén Itzá fue abandonada primero por los mayas y luego por los toltecas, aunque siguieron acudiendo peregrinos a realizar sacrificios.

 



 

 

Puede encontrar más información acerca de éstos artículos en: http://www.historiang.com


 

Revista CartoGrafia http://www.cartography.me - http://www.eosgis.com 

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