Mapas en Historia National Geographic nº66

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Mapas publicados en "Historia National Geographic" nº66  
   

 

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ara el número 66 de Junio de 2009 de "Historia National Geographic", EOSGIS realizó tres mapas:
    • Los fenicios en occidente
    • Toledo: la ciudad de las tres culturas
    • La Guerra de los Treinta Años
Los fenicios en occidente

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Entre los siglos IX y VII a.C., las ciudades de la costa de Fenicia, lideradas por Tiro, iniciaron una imparabale expansión hacia el Mediterráneo occidental, donde establecieron factorías y colonias. Una de ellas, Cartago, en el norte de África, superó a la metrópoli como dueña de los mares.

Entre los siglos IX y VII a.C., las ciudades fenicias crearon un fabuloso imperio comercial que iba de un extremo a otro del Mediterráneo. Dueñas de los mares, acabaron cayendo ante el acoso de los grandes imperios asiáticos. Desde las costas del Líbano, donde se alzaban sus grandes metrópolis de Tiro, Biblos y Sidón, los fenicios controlaron todo el tráfico mercantil en el Mediterráneo oriental durante la primera mitad del I milenio a.C., y protagonizaron una extraordinaria empresa colonizadora que les llevó a establecer puestos comerciales en puntos tan remotos como Cartago o Cádiz. Los fenicios eran ciertamente un pueblo singular, ya que ni siquiera sabemos cuál era el nombre que se daban así mismos: fenicios significa «gentes de la púrpura» o «del color rojo-púrpura», y designaba, seguramente de forma genérica, a todas las poblaciones situadas a lo largo de la costa sirio-palestina, que comerciaban con un preciado tinte púrpura: el ‘phoinix’. Estas poblaciones, sin embargo, formaban un conglomerado étnico y cultural muy diverso, y es dudoso que pueda hablarse de un solo pueblo definido por características políticas y culturales comunes. Los fenicios, a pesar del reducido tamaño de sus territorios y su gran densidad de población, supieron aprovechar la situación que creaban los poderosos vecinos expansionistas: los hititas en el norte, los asirios y los babilonios en el este y los egipcios en el sur. Así, se especializaron como intermediarios comerciales a la hora de proveer a las élites gobernantes de aquellas potencias de metales preciosos y materias primas, además de excelentes y cualificados artesanos que transformaban dichas materias en sofisticados productos de lujo. Tiro se convirtió, a partir del siglo IX a.C., en la gran metrópoli comercial y en la principal impulsora de toda la expansión fenicia por el mar Mediterráneo. El cambiante contexto político de Oriente Próximo en los siglos IX y VIII a.C. afectó directamente al predominio comercial de Tiro y las demás ciudades fenicias. La presión ejercida por Asiria fue uno de los principales estímulos para la expansión colonial fenicia, sobre todo a partir del siglo VII a.C. El movimiento hacia el Mediterráneo occidental fue, en efecto, la única salida que le quedó a Tiro tras la pérdida sucesiva de los mercados de Egipto y el mar Rojo, Israel, el norte de Siria o Cilicia, en el sur de Asia Menor. Los establecimientos coloniales fenicios más antiguos fueron los que se localizaron en las costas del extremo occidente del Mediterráneo y en aguas del Atlántico, y su objetivo principal no era otro que la obtención de la plata de la península Ibérica. De este modo, desde comienzos del primer milenio y sobre todo a lo largo de los siglos VIII y VII a.C., casi todas las costas e islas del Mediterráneo occidental se hallaban bajo la órbita fenicia.

 

 


 

 

 

 

Toledo: la ciudad de las tres culturas

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Tras su conquista por Alfonso VI en 1805, Toledo se convirtió en encucijada de tres culturas y ejemplo de convivencia entre mudéjares, mozárabes, judíos y cristianos del norte, acogiendo iniciativas culturales tan notables como la de la famosa Escuela de Traductores.


Tras ocupar Toledo en 1085, Alfonso VI de León y Castilla garantizó los derechos de los musulmanes, los judíos y los cristianos arabizados que vivían en la ciudad, dando así inicio a un pionero ensayo de tolerancia. Toledo se convirtió en la ciudad de las tres culturas. Al contemplar la ciudad encaramada sobre su promontorio y abrazada por las gargantas que el Tajo ha tallado en la roca, al-Idrisi, el gran viajero andalusí del siglo XII, podía exclamar con justicia: «Toledo está por encima de cuanto se dice de ella. Dios la ha adornado como a una novia, ciñendo su cintura con un río parejo a la Vía Láctea y coronando su cabeza». No fue éste el único elogio que Toledo suscitó durante la Edad Media. Capital del reino visigodo destruido por la invasión islámica de 711 y que los cristianos querían restaurar, la ciudad del Tajo fue símbolo de unidad y de pluralidad, de la Reconquista y de la tolerancia. Durante siglos residieron dentro de sus muros gentes de diversas religiones y culturas en un clima de convivencia pacífica que se haría legendario. Tras la victoria cristiana de las Navas de Tolosa (1212), cuando la frontera se trasladó a Sierra Morena, la ciudad del Tajo quedó libre de la presión musulmana. La sociedad que se desarrolló en Toledo a lo largo de ese periodo estuvo marcada por la convivencia de comunidades con identidades diferentes, tanto culturales como religiosas. La toma de Toledo en 1085 se tradujo en una capitulación que favorecía a todos sus habitantes. Alfonso VI se comprometió a respetar los vienes y creencias de los musulmanes, aunque estaban obligados a satisfacer los impuestos que antes pagaban a las autoridades musulmanas. Aunque, según el acuerdo de capitulación los musulmanes podían conservar la gran mezquita, en 1086 el arzobispo de Toledo la ocupó y la consagró como catedral cristiana. En 1090 Alfonso VI otorgó a los judíos que vivían en su reino un fuero conocido como ‘Carta inter christianos et judaeos’ que les equiparaba en derechos a los cristianos. Las autoridades cristianas de Toledo dictaron normas por las que se prohibía a los mudéjares compartir mesa o casarse con cristianos y acceder a cargos públicos. Mientras que mozárabes y mudéjares convivían abiertamente en la ciudad, los judíos, cuya presencia en Toledo se remontaba a la época romana, residían en un barrio propio. Los judíos de Toledo desempeñaron numerosos oficios de carácter artesanal, pero destacaron en el ámbito del comercio y las finanzas, y desempeñaron un importante papel en la vida intelectual de la ciudad. Durante la ocupación cristiana, Toledo no sufrió destrucciones ni saqueos, por lo que conservó su trama urbana y sus edificios más emblemáticos. Por último, entre 1252 y 1284 Alfonso X marcó el apogeo de la Escuela de Traductores.


 


La Guerra de los Treinta Años

Entre 1618 y 1648, los conflictos religiosos y los intereses de las grandes potencias sumieron a Europa en una larga y destructiva contienda; las acciones bélicas y el desplazamiento de grandes ejércitos causaron una devastación que superó todo lo conocido hasta entonces.


El odio entre católicos y protestantes y la lucha de intereses entre las grandes monarquías de la época provocaron, en 1618, el estallido de una gran guerra en Alemania. Durante tres decenios el país fue presa de la destructiva acción de ejércitos que, además de combatir entre sí, arrasaron pueblos y ciudades enteras. En mayo de 1618, la élite protestante del reino de Bohemia se rebela contra la política católica del Imperio en la llamada defenestración de Praga. Este hecho fue una imitación de lo que ocurrió durante la rebelión husita de 1419 -la otra gran revuelta de la historia de Bohemia (en la actual Republica Checa)-, tuvo consecuencias que ni sus mismos protagonistas hubieran podido imaginar, pues desencadenó el conflicto bélico más destructivo que había conocido Europa en toda su historia: la guerra de los Treinta Años. Durante esta contienda, la población alemana sufrió el conflicto en todas sus facetas: desde los asedios y saqueos de aldeas y ciudades hasta el hambre y el sabotaje económico. La duración y la brutalidad que caracterizaron la guerra de los Treinta Años fueron el resultado de la generalizada cultura bélica de la época. Fue una de las guerras más devastadoras de Europa. Los episodios de ferocidad, brutalidad y salvajismo se multiplicaron hasta dimensiones inauditas, y muchas veces se han puesto como ejemplo de hasta dónde puede llegar lo peor del alma humana. Los abusos de los soldados sobre los campesinos estaban alimentados por sus jefes, que aplicaban el principio de que para financiar la guerra había que vivir sobre el terreno. Las tropas arrasaron sistemáticamente propiedades y cosechas, hasta el punto de privarse a sí mismas de sustento. Además estaba la odiada presión para alistar a los campesinos por la fuerza: «O soldado, o ahorcado», se solía decir. Las tropas violaban a las mujeres si podía ser delante de sus padres o maridos, porque los soldados disfrutaban con la vergüenza de éstos, a quien luego mataban sin contemplaciones. Antelas hambrunas recurrentes y la extensión de las epidemias (que jugaron un papel clave en la destrucción) se llegaron a considerar como manjares suculentos perros, gatos y hasta ratas, que se convirtieron en codiciadas piezas de caza. Las cifras de la destrucción son extraordinarias. El año de 1627 fue el más aciago de la historia de Bohemia y en un siglo, la población se redujo de cuatro a un millón de habitantes. En todo el conflicto, Alemania perdió más de dos tercios de su población, que pasó de unos trece millones a cuatro.

 



 


 

Puede encontrar más información acerca de éstos artículos en: http://www.historiang.com


 

Revista CartoGrafia http://www.cartography.me - http://www.eosgis.com 

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